La vida es una fábrica de recuerdos que desaparecen con el final de cada uno.
Notamos que nos vamos haciendo viejos cuando miramos hacia atrás con mas intensidad de lo normal y eso es lo que me ha pasado estos tres últimos días.
Por motivos profesionales he estado en Valladolid, ciudad que la que viví hace ya unos años. He intentado en mi tiempo libre revivir los muchos recuerdos que me quedan sobre aquel periodo (desde los 5 a los 8 años) y posteriores visitas a familiares, sobre todo a la abuela. Ha sido una mezcla de emociones y frustraciones, de vivencias y realidades, de adobe y acero.
Estos tres años fueron un tiempo vital de descubrimientos muy agradables como corresponden a un chiquillo de esas primaveras. De forma idílica he intentado robar al tiempo esas emociones, pero el destino me ha dejado con un sabor agridulce al que ya debería estar acostumbrado.
Había cosas que no habían cambiado nada, el Paseo Zorrilla, la estatua al ilustre poeta, el Campo Grande, la Academia de Caballería (con esa escultura que me impresionaba de forma sobresaliente en homenaje al regimiento de Alcántara), y cien mil detalles que a cualquiera pueden parecerle absurdos pero que añadían un ladrillo a la historia de mi humilde existencia.
Sin embargo, otros recuerdos como la casa de mi abuela en la calle labradores, demolida y reconstruida, o la Escuela de Comercio donde estudio mi madre teniendo como profesor a Miguel Delibes convertida ahora en el Registro de la Propiedad han empañado mi alma y me han hecho ser consciente de la realidad de que los años han pasado.
Veía a niños pasear con sus padres por el Paseo de Recoletos, en alusión al monasterio antaño allí sito, adquiriendo nuevas realidades que al final de transformarían en recuerdos y finalmente dejarían de existir. Inútil proceso con un tinte emocional intenso.
El disfrute de la rememoración de recuerdos es proporcional a la ascendencia genética. Lo que hubieran disfrutado mi madre o mi abuela ya fallecidas ambas una tarde tomando un café y hablando de todo esto...la información que me hubieran proporcionado y que ahora se he perdido para siempre.
La pregunta que me hago es porqué. ¿Es simplemente reunir una linea recta de vivencias para establecer una biografía definitiva?, ¿añorar a mis seres queridos a través de patrones urbanísticos? o algo que me preocuparía y es que si soy mas infeliz ahora que antes.
Lo que se construyo con sacrificio humano y económico ha desaparecido, sin dejar rastro y tan solo se mantiene en nuestra estructura cerebral, algo físico y real ha pasado a ser algo virtual. Me estaba acordando de la tienda de ultramarinos sita debajo de la casa de mi abuela donde estaba aquel señor de bata azul al que me hacían llamar el tío Tirso. O aquella costurera, la tía pepita, que nos hacía la ropa para ir al Colegio. O aquel kiosco en el que me compraban los sobres sorpresa. Aún recuerdo con emoción el ruido que escuchaba y con el que me dormía por la noche de los coches al entrar en el túnel de las Delicias, solo, en aquella habitación sobre dos colchones de lana. Cuando uno se cambia de casa, tiene un sentimiento de morar en un lugar extraño, ajeno a el y la causa es la ausencia de vivencias. Por eso me costó mucho abandonar la casa de mi abuela, porque estaba llena de sentimientos, buenos y malos.
He sido un buscador de vivencias en el fondo del armario, he disfrutado pero también me ha hecho consciente del anonimato existencial al que estamos avocados. En realidad nada de lo que hacemos o tenemos es permanente, todo se inscribe en una temporalidad existencial. La trampa es que pensamos que no ocurrirá o sencillamente no lo queremos pensar aunque en el fondo sabemos que es así.
La magnitud de vivencias acumuladas hacen posible la perduración física de los objetos.
Los recuerdos nos posicionan en un tiempo concreto y en un lugar determinado, son como las coordenadas de nuestra existencia.
El comprobar que el tiempo ha transcurrido de forma evidente es lo que mas me ha deprimido.